31 de mayo de 2012

MUNICH

Munich, de Steven Spielberg, provocó las iras de los lobbies judíos, que no tuvieron empacho en acusar al director de (nada más y nada menos) La lista de Schindler de ofrecer una versión de los acontecimientos narrados tendenciosa y muy poco complaciente con la causa israelí. Y es que nuestra época, tan propensa a esquematismos maniqueos, parece incapacitada para apreciar sin las anteojeras de la cerrazón una formidable película que, sin justificar ni condenar la actitud del gobierno hebreo en aquella determinada coyuntura que siguió a la masacre de su equipo olímpico hace cuarenta años, logra sobre todo que repudiemos el terrorismo. Spielberg, en lugar de ofrecernos un alegato en tal o cual sentido, retrata los estragos que la violencia causa en unos hombres que, bajo su fachada de asesinos desapasionados, se nos muestran en su íntima verdad, como engranajes de una maquinaria que creen controlar pero que a la postre los desborda y tritura. El cineasta estadounidense no trata de juzgar a esos hombres; su propósito, mucho más elevado y difícil, es comprenderlos.

Encrucijada moral
Pero hagamos memoria. En septiembre de 1972, durante los Juegos Olímpicos de Munich, el nadador Mark Spitz hacía historia con sus siete medallas de oro. Sin previo aviso, un grupo extremista palestino conocido como Septiembre Negro entró en la Ciudad Olímpica, mató a dos miembros del equipo olímpico israelí y se hizo con nueve rehenes. Veintiuna horas después, todo acababa con una trágica matanza a la que siguió una represalia de Israel, que bombardeó las bases de la Organización para la Liberación Palestina (OLP) en Siria y Líbano. Y a la vez, secretamente, el Gobierno de Golda Meir urdió la Operación Cólera de Dios, un complot feroz para asesinar a todos los responsables del terrible atentado. De esta forma, el agente secreto del Mossad Avner (Eric Bana) es reclutado para perseguir y eliminar a los terroristas. Avner y su equipo viajarán a Ginebra, Frankfurt, Roma, París, Nicosia, Londres y Beirut en busca de los culpables, tratando siempre de acallar sus conciencias y entre las dudas cada vez mayores sobre la moralidad de sus actos. Creyendo obrar por patriotismo y en defensa de una causa noble, poco a poco irán descubriendo, sin renegar de esa convicción primera, que a veces también las causas justas pueden engendrar injusticia, porque pasan a formar parte de una estructura maligna que lo inunda todo con su hedor. Spielberg no maquilla la verdad: los asesinatos perpetrados por Avner y sus hombres son expuestos en su desnuda brutalidad, incluso algunas de las víctimas son retratadas con rasgos bonancibles, casi inofensivos. Pero tampoco permite que los espectadores olviden la masacre de Munich; con ello no persigue tanto que nos identifiquemos con los miembros del comando israelí, mucho menos que aparezcan ante nuestros ojos como héroes, sino sobre todo que los acompañemos en su sombría peripecia, que lleguemos a vislumbrar el remolino de sangre en el que se hallan inmersos por aplicar la Ley del Talión.

Ficción histórica
Munich posee la vibración de las grandes tragedias, donde los hombres siempre perecen a manos de fuerzas que escapan a su control. Y está narrada con grandeza. No hay en esta película complacencia formal en la violencia, ni banalización de sus mecanismos, pero tampoco escatima su horror (las víctimas siempre tienen rostro y sus asesinos han de mirarlas a los ojos). Al espectador le ocurre que, aunque trate de insensibilizarse ante la rutina de la muerte, acaba repudiándola de forma intuitiva y visceral. Steven Spielberg ha completado una película soberbia, intensa y desgarradora, de una potencia narrativa y una complejidad moral infrecuentes, no apta para todos los paladares.

3 comentarios:

Marinel dijo...

Me han hablado maravillosamente bien de esta película al igual que tú y no cejaré en el empeño de verla.
Aunque me horroriza ver tanta crueldad irracionalmente suministrada,pero es que la realidad supera la ficción con creces.
Para desgracia nuestra,he de añadir.
Besos.

Fernando Solera dijo...

No he visto este film, aunque tras leer tu crítica me entran muchas ganas de verla, como casi siempre.

Debo de reconocer que Spielberg, técnicamente hablando, es uno de los directores más grandes de todos los tiempos. Pocos como él saben explotar las posibilidades del séptimo arte. Un director para la historia, no cabe duda.

Domingo dijo...

Marinel: Es curioso cómo nos espeluzna la violencia cinematográfica y no así tanto la violencia que vemos cada día en los telediarios. Tenemos sensibilidad selectiva al parecer.

Fernando Solera: Spielberg nos ha prodigado muchas horas de felicidad frente a una pantalla. Aunque sólo fuera por eso ya merecería figurar en el Olimpo de los más grandes cineastas de todos los tiempos.

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