Durante décadas la existencia de Emilio Barrero, un brillante economista rodeado de todo el confort asociado a la clase alta, ha sido una inteligente y a la vez insoportable mentira contada por un hombre al que la proximidad de su cuarenta cumpleaños sume en una incontrolable sucesión de pequeñas catástrofes que culminan en un trágico enfrentamiento con la realidad.
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| Una vida de postal |
Desde primeros de los 80, el productor Pedro Costa ha sumado a su carrera un puñado de correctas adaptaciones de sucesos extraídos de la crónica negra. Casos como el de la envenenadora de Valencia o las correrías de José María Jarabo, que dieron forma a la serie La huella del crimen, y personajes como los retratados en Amantes y El crimen del cine Oriente, constituyen un universo creativo al que se suma una anécdota verídica rescatada de los periódicos franceses y recreada en la estimulante película El adversario. A diferencia del falso médico en que se basa la historia, el personaje interpretado por un convincente José Coronado urde sus trampas en sus supuestas virtudes para detectar fabulosas inversiones a largo plazo con las que ir sableando importantes cantidades de dinero a parientes y amigos. Ese dinero, unido a su portentosa capacidad para el engaño, es la base de una existencia en la que todo encaja hasta que la crisis de los cuarenta, o una íntima e inconfesada necesidad de vivir algo real (un imposible romance con una encantadora estudiante veinte años menor que él), pone patas arriba su mundo, desmoronándolo por completo y desencadenando una tragedia colectiva de cuyos efectos nadie, ni su confiada y modélica esposa, ni un hijo pequeño que le admira y le tiene en un pedestal, ni él mismo, estarán a salvo. Todo un drama revestido de thriller cuyo final no es sino el retrato de un falso triunfador tras cuya imagen se oculta la figura, harto reconocible, de un pobre hombre.
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| Marta Etura, el error de Coronado |
La vida de nadie explora la personalidad y el entorno de un hombre lunar, misterioso y oscuro, capaz de engañar a propios y extraños con tanta habilidad que finalmente nadie, ni siquiera él mismo, sabe discernir la realidad de la ficción en ese juego perverso y condenado de antemano al fracaso, por más que su desenlace sea aplazado durante años. Esta película de Eduard Cortés disecciona con precisión digna de un cirujano la crónica de una vida monótona en la que subyace la imperiosa y frustrante necesidad de ser alguien en un mundo de don nadies. Semejante drama se convierte en una soterrada pero feroz crítica social en la que el hombre común no ve otra salida a ese rosario de tonos grises que le ofrece su vida provinciana que la mentira y la autoatribución de falsos méritos. Algo así como el triste defecto de querer y no poder elevado a su enésima potencia. La vida de nadie encuentra su tragedia y dimensión dramática en su estructura de bola de nieve, en cómo una pequeña mentira sin importancia va creciendo ladera abajo arrasándolo todo, sin que los esfuerzos malabares del protagonista puedan hacer nada para evitar el estropicio. Y es que basta un error, un simple fallo, para prender la mecha de la explosión final que haga saltar por los aires la fachada grotesca y banal de un hombre solo y perdido que se sale del camino y cae en su propia trampa. La (a)normalidad hecha cenizas.



2 comentarios:
Qué grandes actores son sus protagonistas, tanto Adriana Ozores como José Coronado. Este último ha acabado revelándose como un actor sobresaliente, especialmente para los papeles dramáticos. La película merece mucho la pena, como bien apuntas.
Fernando Solera: De Adriana Ozores está todo dicho. Empezó siendo muy buena y sigue siéndolo, pero lo de Coronado ha sido una metamorfosis progresiva, la historia del capullo que se convierte en mariposa. Sin duda, una magnífica progresión.
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