Ben, un guionista de Hollywood sin empleo y atrapado en la trampa del alcohol, se dirige a Las Vegas, la ciudad que nunca duerme, la ciudad donde los bares nunca cierran, para beber hasta morir. Allí, mientras se bebe hasta las escupideras, conoce a Sera, una prostituta que huye de su chulo. Estas dos almas perdidas, portadoras de una soledad insoportable, se aceptan, se enamoran, se repelen y se reencuentran. Leaving Las Vegas es la historia de dos personas que asumen el destino que les ha tocado vivir y que, a través del amor, aprenden también a comprenderse y a aceptarse el uno al otro con todas las consecuencias, tal y como son.
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| Haciendo la calle |
En efecto, la terrible historia que cuenta este filme es tan sólo la fachada exterior de una serie de aspectos de la condición del ser humano y, en particular, el de su debilidad ante las pasiones. Otros son el difícil equilibrio entre la soledad y la convivencia y el siempre dramático contraste entre conservación y vértigo de autodestrucción, la compulsión por vivir una vida más breve pero más intensa. La autodestrucción se llama alcoholismo y la soledad se traduce en la impotencia del amor frente a la evidencia de que todos somos tan sólo una pieza sin importancia, fácilmente sustituible, en la despiadada maquinaria del mundo. En este contexto, Ben y Sera emprenderán juntos su particular bajada a los infiernos. Lo harán de la forma más natural. Sin sobresaltos ni ocasiones solemnes. Tan sólo un poco más de alcohol y degradación cada día y un poco más de indignidad en su existencia. Ambos irán descendiendo, peldaño a peldaño, hacia la nada.
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| Degradación |
Leaving Las Vegas está basada en la autobiografía de John O´Brien, el único libro de este autor que escribió en uno de sus escasos periodos de sobriedad y que se quitó la vida en 1994, pocos meses antes de que fuera estrenada la película. Al protagonista, interpretado por Nicolas Cage, le atormentan sus demonios interiores, y sólo inmerso en un mar de alcohol encuentra algo de paz para su atribulado espíritu. No sabemos por qué su vida está destrozada ni qué le ha llevado a su condición de suicida. "No recuerdo si me dejó mi esposa por beber o bebo porque me dejó mi esposa", nos cuenta Ben en uno de sus cada vez más raros momentos de lucidez. Sólo sabemos que está decidido a morir en brazos de Baco. No hay coartada que justifique su destrucción, pero después de romper con sus recuerdos, con todo aquello que le une a la vida, Ben inicia un viaje sin billete de vuelta. Se encamina hacia Las Vegas, el lugar que escoge para su despedida final. A través de su punto de vista y sumergido en una inmensa borrachera, vemos su llegada a la ciudad de los casinos en su flamante coche, el único contacto que le une a su vida anterior. Todos quieren ganar en Las Vegas a excepción de Ben, que abraza la renuncia como único refugio de coherencia y autenticidad en un mundo en el que las ambiciones profesionales y sociales convierten cada vez más al individuo en un extranjero de sí mismo. La renuncia, en fin, como la más fiel aliada cuando uno está al borde del abismo y acaba dándose de bruces contra el suelo, en una caída donde ya es imposible encontrar las claves de nuestra propia supervivencia, sobre todo cuando íbamos predestinados al éxito profesional y a la normalidad social y hoy no somos más que unos pobres desgraciados. Ben y Sera están solos en una ciudad repleta de gente. Sus vidas están destinadas a encontrarse, pero su amor ha llegado demasiado tarde, ya no pueden salvarse. Ambos caminan por el lado oscuro y peligroso de la vida. No hay lugar para estos perdedores que terminarán por arrastrarse el uno al otro, porque no existe nada tan feroz, destructivo y contagioso como la sed de fracaso.



2 comentarios:
Nunca he reunido el valor necesario para ver esta película, máxime tras leer la crítica que rezuma dolor por los cuatro costados. Sorprende como dato anecdótico que su protagonista femenina, Elisabeth Sue, desapareció de la gran pantalla a los pocos años, para dedicarse a rodar telefilms en su país. Una verdadera lástima.
Fernando Solera: Hoy te traigo una de Woody Allen, que te tengo amargadito. ¡Je,je,je! Te la debía. A ver si así me redimo un poco. :P
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