9 de junio de 2012

CABARET

Berlín, 1931. En el Kit Kat Club canta Sally Bowles, una muchacha mitómana, frágil, patética, un ser tan puro como promiscuo, tan fascinante como desolado. A la pensión donde ella vive llega Brian, un joven escritor homosexual. Entre ellos se establece una amistad amorosa participada a su vez por Maximilian, un aristócrata alemán con el cual ambos tendrán relaciones. Mientras tanto, en la calle, el fantasma del nazismo comienza a hacer su irrupción, anunciando devastación y muerte. En el Kit Kat Club la vida sigue igual, o casi. Su astuto maestro de ceremonias parece percibir lo que sucede fuera. No es un buen momento para que el amor se concrete. El mundo seguirá adelante, hacia la tragedia.

El partido nazi gana poder
La turbia vida nocturna de Berlín, la inexorable ascensión de los nazis al poder, el mundo judío, la decadencia, las canciones, el baile y una cruda historia de amor son los ingredientes de Cabaret, crítica despiadada de aquel mundo, visión entre alucinante y tierna, entre la congoja y la nostalgia, sobre aquella gente que a principios de los años treinta veía llegar al nazismo y, tapándose los oídos y los ojos, le dejó seguir. Dirigida con cierta tosquedad por un Bob Fosse que se mueve con mayor facilidad en teatro que en cine, lo que no le impidió ganar su correspondiente Oscar, el film preanuncia con rigor la catástrofe y nos hace amar a sus personajes, seres al borde del abismo. Fosse sabe cronometrar sus imágenes, se muestra un notable retratista de ambientes y revierte las reglas del musical (aquí no hay gente cantando los diálogos) para que la música sea un comentario de la acción. Además, como pocos hasta y desde entonces, sabe hacer que la cámara baile y cante junto a los actores. Sabe cuándo un plano debe ser minúsculo o cuándo se debe enamorar del rostro de un cantante. Sabe cuándo la cámara debe recorrer un escenario con un travelling o cuándo tiene que multiplicarse a través de un montaje crispado.

Sigue el espectáculo
Pero los méritos de Cabaret no terminan en un comentario sobre el ser humano en situaciones de crisis o en lo deslumbrante de su esplendor musical. También están dos de los mejores trabajos cinematográficos de los últimos cuarenta años. Liza Minnelli como Sally Bowles y Joel Grey como el travieso maestro de ceremonias han quedado para la antología del cine. Su número conjunto de Money, money o sus hazañas separadas en canciones como Willkommen, Mein Herr, Maybe this time o Cabaret son auténticos momentos de magisterio de una grandeza creativa fuera de lo común. Cabaret es una película que juguetea en la memoria como las uñas pintadas de verde de su protagonista. "Divina decadencia", decía ella. Genial decadencia, diría yo.

3 comentarios:

Fernando Solera dijo...

Lo confieso: no la he visto. A veces entrar en este blog me hace sentir un poco mal conmigo mismo, porque me doy cuenta de las joyas que he dejado pasar de largo. Sirva en mi descargo que tengo propósito de enmienda :-)

María dijo...

Otra gran película, una obra maestra, tú sabes lo que compartes Domingo, gracias por recordárnoslas.

Un beso.

Domingo dijo...

Fernando Solera: No te apures, amigo Fernando. Siempre serán más las películas que no hemos visto que las que sí. El debe siempre es más abultado que el haber. Las que veas disfrútalas y punto, no hay más. ;)

María: Hay películas que conviene rescatar (con perdón) cada cierto tiempo para deleitarnos con ellas una y otra vez. :)

Publicar un comentario