11 de junio de 2012

MALAS CALLES

Malas calles, la película que inició la colaboración entre Robert De Niro y Martin Scorsese en 1973, se centra en la vinculación entre cuatro antihéroes muy diferentes, en su insólita amistad y sus difíciles relaciones con las mujeres. El cuarteto está formado por Charlie (Harvey Keitel), un ambicioso y arrogante aprendiz de gángster que con su elegante traje parece un astuto y hambriento tiburón; su amigo el camarero Tony, algo más serio; el mezquino, pomposo y engreído estafador Michael; y el jugador psicópata y compulsivo Johnny Boy, cuyo escandaloso e intolerable comportamiento saca de quicio a Giovanni, el jefe mafioso local y tío de Charlie. Johnny Boy, que está lo suficientemente loco como para introducir bombas caseras en los buzones y salir corriendo mientras se ríe a carcajadas, parece en principio el menos gratificante de los papeles de la película, pero De Niro transmite una energía tan hipnótica que su excéntrico personaje, una especie de hermano Marx cruel y desequilibrado, explota en la pantalla como un cartucho de dinamita. No nos preguntamos cómo ese sádico chiflado ha llegado a ser así; parece surgir de la nada, y uno se queda observando sus fuegos artificiales y se siente vergonzosamente agazapado en su propia cordura. Es lo que pasa aquí. A Charlie le gusta la temeridad de Johnny Boy, porque es el único de este grupo de sinvergüenzas y desalmados que no depende de nadie. Un perdedor errático, estúpido, entrañable, cargado de deudas y que con frecuencia saca los pies del tiesto, sin que nada ni nadie puedan enderezar su autodestructiva extravagancia. Un ser perdido y patético, obsceno y loco, sin futuro a la vista.

Explosión de violencia
Resulta difícil imaginarse a otro actor, ni aun Dustin Hoffman o Al Pacino, capaz siquiera de acercarse al regocijado demonio que crea De Niro en términos de fuerza e impacto. Su Johnny Boy de cara pastosa y grasienta, de andar vacilante y habla despreocupada, es un estudio de los juegos y ensoñaciones a los que se entrega la gente cuando está cercada por su entorno y su falta de valor. Johnny Boy no es tanto el centro de la acción dramática de la película como su catalizador. Cuando su obsesión por el juego le deja gravemente endeudado con Michael, que siente que tal situación le hace perder respeto ante los demás, Johnny Boy se vuelve desesperado hacia su amigo Charlie. La forma más lógica de obtener ayuda sería recurrir a su adinerado tío Giovanni, pero su orgullo se lo impide, y es así que decide ayudar a Charlie en su huida por el puente de Brooklyn, pero ambos serán abatidos a tiros por Michael y su matón, no tanto debido a las deudas de juego como por su intención de abandonar su pequeño y ordenado mundo.

La oración como refugio
Malas calles es un auténtico icono de nuestro tiempo, un triunfo del estilo personal. Tiene su propio ambiente alucinante. Los personajes viven en la oscuridad de los bares, y la iluminación es tenebrosa. Tiene también su propio ritmo, inquietante y episódico, y un registro emocional de alta tensión que resulta vertiginosamente sensual. Al final de la película se queda uno con la boca abierta, intentando reflexionar sobre lo que ha visto, sobre esa Nueva York hiperrealista cargada de cruda intensidad donde unos machos italianos, cuando Vietnam arde todavía y Estados Unidos se halla sumido en uno de los periodos más grises de su historia, tienen como única referencia los códigos y los sistemas de valores de Little Italy, una olla a presión de la que es imposible escapar. Esta película, a menudo adusta, es una fascinante amalgama de realismo callejero y expresionismo exaltado. Es la vida entrelazada fatalmente de un joven mafioso empeñado en ascender peldaños en las estructuras de poder y la de un matón de poca monta que quiere despuntar en el mundo del crimen. Martin Scorsese rehuye toda manipulación y no provoca nunca la sensación de que los gángsters sean atractivos. Malas calles es honesta y despiadada de un modo en que ninguna otra película del género se ha atrevido a serlo.

2 comentarios:

Fernando Solera dijo...

Casi nada al aparato. Una magnífica película en la que se pudo ver claramente lo lejos que iban a llegar tanto su director como sus protagonistas. Además del gran Robert, no se puede subestimar a Harvey Keitel, un actorazo al que creo que no se le ha hecho suficiente justicia.

Domingo dijo...

Fernando Solera: Keitel, a pesar de su talento oceánico, ha tenido la mala fortuna de compartir generación con Robert De Niro, Al Pacino y Dustin Hoffman. Nació demasiado pronto o demasiado tarde, según se mire.

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