12 de junio de 2012

RAÍCES PROFUNDAS

Shane, el forastero, el desarraigado, el hombre que viene del pasado, es decir, de ninguna parte, hace un alto en el camino cuando su mirada choca con la mirada inocente del pequeño Joey Stared, hijo de campesinos. Es el primer gran vector narrativo de Raíces profundas. En el corazón del muchacho el círculo de la paternidad queda cerrado con la presencia del valor, o sea, de la violencia ausente. Ese alto en el camino es un toque de atención al forajido que quiere pasar a mejor vida. Shane sabe que no puede escapar a su destino cuando observa que la familia Stared tiene problemas con los ganaderos de la zona, con los que libra una sorda disputa por unas tierras. Los Stared conceden al intruso el beneficio de la duda y le alojan en su granja. La primera noche que Shane pasa en la casa, Mary Anne pone sobre el mantel la vajilla sin estrenar. He ahí el segundo gran vector de Raíces profundas: la subterránea pero respetuosa relación que establecen la mujer casada y el jinete extraño y fugaz que vino de los horizontes. Pero de puertas para afuera bulle otro mundo, el territorio del saloon, las trincheras de una inacabada frontera y los pistoleros a sueldo. Entre estos dos mundos el director George Stevens sólo anula la elipsis en una sola ocasión, en los aledaños del epílogo mortal, cuando el justiciero benefactor, el vengador eminentemente bueno, vuelve por última vez a investirse con la escafandra de su sino en un cabalgar nocturno tan bello como sobrecogedor.

Buscando camorra
Y he aquí el tercer vector: Ryker, el líder de los ganaderos, y sus acólitos, hombres que no se atienen a razones pero que tienen razón cuando sostienen que antes que los campesinos llegaron ellos a estas tierras que entonces eran tierras inhóspitas dominadas por los indios. Mientras tanto, mientras la refriega sigue su curso, Torrie, un exaltado, un rebelde que brinda alocadamente por la independencia del Estado de Alabama, muere brutalmente, certeramente atravesado y escupido por la bala asesina de Jack Wilson, el pistolero interpretado por Jack Palance. "Una pistola no es mala en sí misma, depende de quién sea quien la use", le dice en una ocasión Shane al niño de los Stared. Los dos pistoleros se conocen, pero la ventaja de Shane sobre Wilson es más existencial que moral: el primero sabe que puede morir, el segundo lleva la muerte incrustada en el rostro. "Sólo me iré sin amenazas". "Te juro que lo mataré". "Querrás decir que lo mataré yo, ¿no?". "No puede uno dejar de ser lo que es". "Shane, vuelve, mamá te aprecia, sé que te aprecia". Estas frases salpican de hondo contenido los pasajes turbulentos de Raíces profundas, una película de miradas. La de Mary Anne cuando cura las heridas de Shane; la de Wilson y Shane cuando ya sólo les diferencia la premura con el gatillo; y la del pequeño Joey, que es la mirada de todos los espectadores.

El pequeño e inocente Joey
De académica, de pequeño western, de western psicológico, de superwestern, de fábula medieval, de todo se ha venido calificando a Raíces profundas desde su estreno en 1953. Pero para mí es, sencillamente, un western extraordinario que se inscribe en la amplia nómina de películas de este género donde infinidad de hombres atormentados transitan de un lado a otro ocultando algo. Raíces profundas es un filme prodigioso porque es didácticamente ejemplar, poéticamente bello, estilísticamente perfecto, épicamente clásico y alimenticiamente satisfactorio. Y cuenta además con un Alan Ladd que, a diferencia de Gary Cooper, Kirk Douglas, Gregory Peck, Robert Ryan, Henry Fonda y Victor Mature, actores todos que alguna vez hicieron de Shane en sus carreras, era bajito, pequeño, muy pequeñito. Su ocultación, su secreto, su indigencia, se agrandan por esta circunstancia. Su estatura no resultó sospechosa en la década de los cincuenta, porque los espectadores de entonces vieron en él al chico de la película. Pero gracias al paso del tiempo hoy podemos ver en Ladd a un tipo digno de compasión, a un perdedor y a un vehículo legítimo de las frustradas pasiones de los oprimidos. Vale que no fue un buen actor, pero en esto no tenía la culpa su estatura. Por fortuna, George Stevens estaba allí y supo ver su grandeza escondida, porque los hechos heroicos dependen más de las consecuencias -y de los consecuentes- que de los actos.

2 comentarios:

Fernando Solera dijo...

Pues reconozco que tampoco la he visto, entre otras cosas porque el western es un género que me hace muy poca gracia. Pero si a los señores Puerta les encanta esta película, algo tendrá. Al menos, la crítica del hijo deja bien patente que 'Raíces profundas' parte de un argumento extraordinario.

Domingo dijo...

Fernando Solera: Tampoco yo soy excesivamente "westernófilo". De ahí que me suelan gustar westerns atípicos como "Raíces profundas" o "Solo ante el peligro", que se salen un tanto de los corsés del género.

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