A punto de finalizar una vida delictiva cuyo resultado arroja un balance desalentador, un ladrón desciende del tren en la ciudad de provincias donde pretende dar su último golpe. Mientras prepara el atraco, Milan tropieza en una farmacia con Manesquier, un profesor de literatura jubilado enfrentado a una inminente operación a vida o muerte, surgiendo una inesperada amistad fruto de la admiración recíproca que se profesan dos hombres para quienes la vida ha tenido significados opuestos por completo.
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| Un actor con mucho oficio |
Actor de larga trayectoria que debe parte de su popularidad fuera de Francia a sus estimables interpretaciones a las órdenes de Patrice Leconte, cineasta que le convirtió en antihéroe de gozosos ejemplos de "cine inteligente" como La maté porque era mía o El marido de la peluquera, Jean Rochefort tiene uno de esos rostros capaces de imprimir enormes dosis de dignidad a sus personajes. Frente a ese exponente de la existencia anodina, Leconte sitúa al viejo rockero Johnny Hallyday, y lejos de quedarse en el simple esbozo del delincuente crepuscular, tan unido a la estructura interna del western urdido por Sam Peckinpah, traza una arriesgada alegoría de la pretérita juventud gloriosa inmortalizada en docenas de instantáneas en blanco y negro de quien, a finales de los 50, aspiró a convertirse en el remedo europeo de Eddie Cochran.
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| Hora de rockanrolear |
Para quienes saben de aquellas actuaciones en el Olympia de París, El hombre del tren se inicia en terreno conocido para, poco a poco, hacer bajar la guardia al espectador y arrastrarlo hacia algo más extraño. Al principio es Johnny Hallyday bajando del tren en una ciudad desierta al final del día, un hombre desencantado. Es lo que se espera de él, lo que más le pega, teóricamente. Pero al cabo de cinco minutos te olvidas de que es Johnny Hallyday. Y ese es el mejor cumplido posible. Y lo mismo ocurre con Jean Rochefort. El director parte de una imagen esperada, mostrándolo inmerso en sus libros, ganduleando en su casa hojeando unos papeles, para luego colocar a esos dos hombres ante la posibilidad de que quizá, y sólo quizá, habría sido posible llevar otra vida. Soñar con ser otro. Para quienes aún no la hayan visto, esta película reserva la sorpresa de un duelo interpretativo intenso y sosegado y de una complicidad a flor de piel entre hombres que lo han visto todo. Y para los nostálgicos del rock and roll y de aquella desbordante alegría, Patrice Leconte regala un cúmulo de recuerdos inaccesibles al escepticismo.



2 comentarios:
Cuando yo me colaba en los pases de prensa, juventud, divino tesoro, me vi unas cuantas de Patrice Leconte, aunque no tuve la fortuna de gozar la que tan brillantemente nos recomiendas en tu entrada de hoy. Otra para la buchaca.
Fernando Solera: ¿En tu juventud dices? ¿Es que acaso ahora eres un yayo? :P
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