30 de abril de 2012

FAT CITY

Una de mis películas favoritas de boxeo es una de las pocas rodadas en color que conservan el ambiente y la atmósfera tanto de gimnasios y canchas como de los tugurios que sus protagonistas suelen frecuentar y una de las absolutamente inhabituales que se centran no en un campeón, ni siquiera en un viejo juguete roto, un has been olvidado y sonado, sino en un don nadie que, para colmo, es un perdedor, porque no tiene talento suficiente y, sobre todo, le falta espíritu de lucha. Me refiero a la sobriamente conmovedora Fat City (1971) de John Huston, curiosamente un director que había boxeado y no hacía literatura, ni de denuncia ni de publicidad, acerca de este deporte tan cinematográfico y tan difícil de filmar a la distancia adecuada y sin caer en efectismos. Lo más curioso es que, retratando un submundo, Huston es de los contados directores que no aprovecha la ocasión para decir que todos los managers son unos canallas, que todos los boxeadores se venden y que el mundo del boxeo está en manos del hampa, y que nos pinta este deporte no como una degradación a plazo más o menos breve del cuerpo y del cerebro, sino como la única esperanza, el único asidero, de un ser tan perdido y tan derrotado que sólo cuando entrena y se hace vanas ilusiones de triunfar consigue salir del alcoholismo en que ha caído.

Inadaptados
Construido con esmero y sembrado de deslumbrantes movimientos, como lo sería un buen combate, Fat City es una conmovedora historia acerca del triunfo y el fracaso personales. Exaltación y soledad, sordidez y romanticismo, encuadran la proposición según la cual la vida es una metáfora del boxeo, un drama sordo, único y sumamente condensado, incluso cuando no sucede nada sensacional. La vida entendida como la pelea más trágica de todas, pues consume la mismísima excelencia que saca a relucir; su tragedia es justamente esta consunción. Nos construimos sobre el dolor, la humillación, la pérdida y el caos, por lo que sugerir que el ser humano pueda amarse y respetarse en un sentido directo, sin el violento ritual de la batalla, es malinterpretar la pasión más grande del hombre: la guerra y no la paz. El amor, si ha de haberlo, viene después.

Soledad compartida
Fat City, un retrato inolvidable de personas corrientes que están contra las cuerdas pero se niegan a abandonar sus sueños, es una especie de manual del fracaso en el que el boxeo funciona como la actividad natural de hombres totalmente desprovistos de lo necesario para comprender la vida, hombres curtidos en las estrategias del autoengaño, hombres que habitan el reverso del sueño americano, hombres que sólo saben pelear, sin importar la naturaleza suicida de su vocación. Billy Tully, el boxeador alcohólico interpretado por Stacey Keach, es el tierno tipo rudo, el eterno desfavorecido en cuyo rostro cincelado a golpes, en su verbo torpe por el seso baqueteado a guantazos, se adivina una singular nobleza, un hermoso orgullo que le enaltece hasta en su intento, frecuentemente doloroso e irresoluto, de abordar el mundo que le rodea. Un hombre destruido que se astilla como lo hace la corteza bajo los hachazos que mutilan un tronco mojado. Una vida en el punto de desgaste, cuando ya nada parece valer la pena.

2 comentarios:

Fernando Solera dijo...

Joder, Domingo, no te lo tomes a mal, pero qué películas más duras te gustan, macho. Por un lado transmites a tus lectores la sensación de ser una persona muy tierna, pero por otro tus filias cinematográficas nos muestran otra cosa. Está claro que los seres humanos somos contradictorios por naturaleza, y en todos nosotros habita la complejidad de este mundo, con todas sus caras.

Quizá algún lector se sorprenderá por mi comentario, pero es que esta película yo la vi hace unos añitos y me pareció dura de narices.

Domingo dijo...

Fernando Solera: "Fat City" no es una película amable, desde luego que no, pero transmite unos valores que merece la pena rescatar para nuestra decadente sociedad actual. Si la mayoría de la gente tuviera la nobleza de corazón de, por ejemplo, Billy Tully, otro gallo nos cantaría.

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