El gran guionista Dudley Nichols, colaborador habitual del maestro John Ford, parte del famoso relato Bola de sebo, de Guy de Maupassant, para narrar el viaje en diligencia, a finales del siglo XIX, entre Tonto y Lordsburg, a través de los territorios comanches de Nuevo México, de un grupo de pasajeros desarraigados, mezcla heterogénea de gentes de orden y marginados. El médico alcoholizado Josiah Boone, el oficial confederado convertido en jugador Hatfield, el representante de whisky Samuel Peacock, la prostituta Dallas, el banquero deshonesto Henry Gatewood, el pistolero Ringo Kid, el sheriff Curly Wilcox y Lucy Mallory, la esposa embarazada de un teniente de caballería, sirven a Ford para hacer un original western de itinerario luego muy imitado. Gracias al nacimiento de un niño, al ataque de los indios comanches, al duelo entre el pistolero y los asesinos de su padre y su hermano, y al tradicional final feliz, los personajes evolucionan, los arquetipos se consolidan y el western se revitaliza como género.
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| Ringo Kid |
La diligencia supuso el descubrimiento de John Wayne, que hasta entonces se había refugiado en westerns de medio pelo y apenas sabía hablar y caminar ante la cámara. Corría el año 1939 y el western era un género puramente lúdico que se alimentaba de pequeñas historias simplonas de buenos y malos donde lo primordial era la acción y donde las persecuciones, los golpetazos y los tiroteos inundaban la pantalla al estilo de un espectáculo circense. Pero con la llegada de John Ford las cosas empezaron a cambiar. Los personajes fueron dotados de profundidad psicológica y pasaron de ser simples marionetas dentro de un festival de cacharrazos a héroes y villanos con miedos, traumas y hasta coraje. En el caso de La diligencia Ford los coloca en una situación extrema, y eso hace aflorar su lado más oscuro. Y es así que las gentes de bien se convierten en viles cobardes y los forajidos en héroes con buen corazón. Un western inteligente que no por eso desdeña el clásico motivo del ataque indio, secuencia que se inicia con un magistral plano: situada la cámara en lo alto de una montaña, sigue mediante una panorámica el movimiento de la diligencia a lo lejos, entre los característicos matorrales de Monument Valley.
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| Monument Valley |
Pero no nos engañemos; La diligencia no es la mejor película de John Ford. Sin embargo, el carácter absolutamente carismático que adquirió nada más estrenarse la coloca en ese extraño lugar que reserva la historia a las películas que son capaces de dar el paso decisivo para provocar una evolución, descubrir posibilidades y convencer a los incrédulos de que el western respetable y adulto es posible. El caso de La diligencia es proverbial, se trata de uno de los ejemplos más claros de lo que supone una transición en un medio expresivo: utilizando todas las convenciones de un género que estaban ya totalmente ritualizadas y asumidas por el espectador, Ford da el salto para conseguir que los personajes y las situaciones conocidas parezcan novedosos. Pero es, quizá, la obligada construcción que posee este viaje en diligencia lo que le confiere un ritmo particularísimo: los momentos formalmente más dinámicos, de acción, el viaje propiamente dicho, coinciden con los momentos dramáticos más estáticos, mientras que las paradas que realiza la diligencia serán el soporte de toda la progresión dramática. John Ford aportó a las andanzas de los pioneros americanos hondura psicológica, reflexión moral y sentido histórico, además de utilizar el paisaje como factor dramático en la narración. Y todo sin perder entretanto el sentido de la aventura ni el afán heroico ni el amor por la rubia de turno, como está mandado. Desde luego es para quitarse el sombrero. La diligencia representa una de las mayores exploraciones cinematográficas jamás emprendidas, uno de los más arriesgados viajes de la cámara a lo largo y ancho de la orografía de la condición humana. Es una cabalgada fantástica, a medias real y a medias simbólica, directa y ambigua al mismo tiempo, superior, en una palabra, a cualquier crítico que trate de etiquetarla. Merece de verdad el sambenito de obra maestra.



2 comentarios:
John Ford fue un gran director, aunque reconozco que el western es un género que no me entusiasma. Y en cuanto a John Wayne, debe su fama al gran éxito entre las mujeres, pues como actor era extraordinariamente limitado. Era porte, virilidad y poco más. Por eso le ponían en papeles que le encajaban como anillo al dedo.
Fernando Solera: Nunca un encasillamiento dio tanto juego en la historia del cine. Y es que cada cual vale para lo que vale y está claro que John Wayne era el número uno en lo suyo.
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