Contra todo pronóstico, La vida secreta de las palabras se llevó hace unos años los premios gordos en la ceremonia de los Goya. Esta película de Isabel Coixet constituye, desde luego, una propuesta incongruente en el panorama del cine autóctono: rehúye el costumbrismo un tanto pachanguero en el que suelen incursionar tantas películas de medio pelo y también esa moda del cine de temática social que parece haberse impuesto en esta época de corrección política. Además, pese a tratarse de una película concebida para el mercado internacional, no adopta los consabidos tics miméticos que convierten tantos proyectos en torpes sucedáneos del cine americano o, lo que es peor, en pestíferos bodrios sin sangre en las venas. Por el contrario, La vida secreta de las palabras es una película que bombea sangre a gran presión, una película carnal y doliente, una llaga abierta que sin embargo esconde pudorosamente su hemorragia en una delicada desolación.
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| Soledad acompañada |
La vida secreta de las palabras puede parecer, a simple vista, una película sentimental. Desde luego en ella se analizan sentimientos en quiebra, sentimientos calcinados, sentimientos que pugnan por asomar, como flores ateridas, entre los escombros; pero en esta vivisección del sentimiento no hay blandenguería ni intención lacrimógena, sino más bien una mirada enjuta, una pudorosa compasión que contamina al espectador. También podría considerarse a la ligera una película de denuncia y, en efecto, ante nuestros ojos emerge, pavorosa y nítida, la revelación de una tragedia extraordinariamente sórdida, como un abismo de horror donde se cuecen los instintos más depravados del hombre. Pero la denuncia de la injusticia no se logra a través de pronunciamientos abstractos y altisonantes, sino más bien a través de la capacidad de ensimismamiento en el dolor concreto de un ser humano, en este caso esa Hanna superviviente del infierno de los Balcanes, soberbiamente compuesta por Sarah Polley.
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| El poder del amor |
La vida secreta de las palabras se inicia con una voz en off que procede de ultratumba. Luego, una plataforma petrolífera, un hombre malherido postrado en una cama. Isabel Coixet, que ya había mostrado en anteriores entregas sus condiciones de espeleóloga de pasiones que yacen sepultadas, nos presenta aquí un personaje memorable, esa Hanna que tiene algo de autómata y parece protegerse con una coraza de hermetismo y rutinas frente al arañazo del recuerdo. Cuando, obligada a tomarse unas vacaciones, se le presente la oportunidad de recuperar su antiguo oficio de enfermera, tendrá también que asomarse a las raíces de su sufrimiento. Un empleado de una plataforma petrolífera, interpretado por Tim Robbins, será el catalizador de esa purga del corazón, el confidente de una experiencia extrema que le servirá para exclaustrarse de su soledad. El encuentro redentor de esos dos seres desahuciados sobre el telón de fondo de un paisaje grandioso en su monotonía nos brinda unos diálogos magníficos, entretejidos de silencios y elocuencias, además de una impronta visual igualmente insólita.



6 comentarios:
Otra más para la buchaca. Reconozco que esta actriz me sobrecogió en otra espléndida película de Coixet titulada 'Mi vida sin mí'. Una película tan hermosa como triste. Una obra de arte, como sospecho que debe de ser 'La vida secreta de las palabras'.
Fernando Solera: No he visto "Mi vida sin mí", así que hoy el que me pone deberes eres tú. ;)
Creo que es una película que hay que ver y sentir,más lo segundo que lo primero.
Nos lleva de la mano de lo interno de manera magistral y los actores se hacen inmensos en sus papeles.
Me gustan mucho tanto Sarah como Tim.
Besos.
Marinel: Si te gusta el bueno de Tim Robbins no dejes de ver "Cadena perpetua". Gloria bendita.
ay, la directora me encanta y por lo que dices y el vídeo, estoy deseando verla...
Gracias Domingo, un besote!!
Kashtanka: Si Coixet está entre tus filias cinematográficas no hay más que hablar, ¡corre a verla! :D
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