En el instituto de Palmetto Grove jugar bien al baloncesto es como sacar matrícula de honor en ciencias. Sus alumnos le dan al deporte de la canasta a todas horas del día, y entre sus figuras sobresale Odin James, el único estudiante negro del centro. La vida sonríe al joven afroamericano: sale con una chica guapísima, posee multitud de seguidores y está en el punto de mira de los ojeadores universitarios. Tan sólo la envidia de uno de sus compañeros, Hugo, podría acabar con sus expectativas de futuro.
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| La chica |
Existe una especie de manía por parte de los cineastas que consiste en adaptar las obras de William Shakespeare lejos de su época y del lugar en que fueron concebidas. No se sabe si respondiendo a un ansia por modernizar los textos del dramaturgo británico, numerosos directores han pergeñado epopeyas contemporáneas, más o menos delirantes, de las que tan sólo es destacable la versión pandillera de Romeo y Julieta en West Side Story, de Robert Wise. Tim Blake Nelson es de los últimos en caer en la tentación, y se atreve a modernizar Otelo llevando la trama a la América profunda y convirtiendo a sus personajes en adolescentes que esnifan coca y viven para el baloncesto.
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| Los contendientes |
Con estos argumentos, el realizador crea un thriller sobre los celos en el que las pasiones, antaño adultas, ideadas por el autor de Hamlet se diluyen en una especie de duelo infantiloide entre el engañado Otelo (rebautizado Odin) y un Yago (Hugo en la película) al que le mueve su deseo de encontrar el cariño paterno. El director trivializa en exceso, con su exposición teenager, la profundidad dramática de la obra original, quedando un producto de fácil consumo para los que gusten de los remakes descafeinados.



2 comentarios:
O sea, que como se suele decir, "los experimentos, mejor con gaseosa". A veces quieren ser tan modernos que se pasan, sin darse cuenta de que los grandes clásicos se caracterizan precisamente por su intemporalidad. Hamlet leído en el 2012 parece escrito anteayer.
Fernando Solera: Así es, amigo Fernando. Es lo que siempre digo, ¿por qué tocar lo que funciona?
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