24 de junio de 2012

EL CABALLERO DON QUIJOTE

Después de luchar contra molinos de viento transformados en amenazantes gigantes y de proclamar la belleza de Dulcinea del Toboso por todo el territorio español, Alonso Quijano se recupera en la cama de su hacienda. De nuevo en forma, el ingenioso hidalgo manchego de rostro apodencado, barba hirsuta y aire de personaje inmortal y su fiel escudero Sancho Panza marchan en busca de nuevos retos y enfrentamientos que empezarán en la Mancha y terminarán en la costa.

Don Quijote y Sancho Panza
Don Quijote de la Mancha, la obra cumbrera de Miguel de Cervantes, es el texto escogido por Manuel Gutiérrez Aragón para rescatar las andanzas y la figura del caballero andante más famoso de la literatura española. Sin ser ajeno a la admiración y el respeto que transmiten los personajes cervantinos, el cineasta se deja seducir por la relación amistosa entre Alonso Quijano y Sancho Panza, cayendo en ocasiones en una excesiva teatralidad con aroma de artificio. Pese a estar apoyada en las meritorias interpretaciones de Juan Luis Galiardo y Carlos Iglesias, El Caballero Don Quijote no logra reproducir en su totalidad el verdadero sentido épico y humorístico que despliega la novela, centrándose en mostrar un trabajado retrato de la pareja protagonista. Galiardo e Iglesias aportan humanidad a sus personajes, destacando sobre un plantel de secundarios tan asépticos que empobrecen la historia. Gutiérrez Aragón simplifica en exceso episodios tan ricos en matices como el de la ínsula de Barataria, y mete a Don Quijote en una especie de vagabundeo en torno a una muerte anunciada que le llena de profético malestar. Sin embargo, el realizador consigue un cuidado sentido poético (enfatizado por la banda sonora de José Nieto), que contribuye a mantener la sensación de estar asistiendo a un espectáculo que invita a acercarse a la obra literaria.

Emma Dulcinea Suárez
En lo que a mí respecta, a los 21 años leí El Quijote por primera vez y desde entonces lo he vuelto a hacer en al menos tres ocasiones más. A Cervantes nunca le agradeceré lo suficiente la felicidad de aquellos días. Don Quijote de la Mancha es una novela que primero manoseas, luego lees, continúas por entenderla y terminas celebrándola. ¿Y sabéis por qué? Porque va destinada a cualquier lector y no sólo a cervantistas y profesores pedantes. Cada uno la aprecia de modo distinto. Eso es lo bueno. Pero la lección más importante que nos brinda el quijotismo es la primacía de la ética del esfuerzo sobre la del éxito. Por los resquicios de la armadura anacrónica y abollada del caballero de la triste figura, vislumbramos en destellos rápidos lo vulgar y poco exacta que es la imagen por excelencia que de él tenemos: los molinos y la locura. Pobres de nosotros si no vemos más allá, porque en la pluma de nuestro alcalaíno más universal encontramos un explorador arriesgado de la condición humana, capaz de sacar a la luz los miedos ancestrales, dar nombre a la utopía y mantener un diálogo perenne con la Historia. Todos debiéramos sentir pena de morirnos por abandonar la belleza del mundo cervantino, fuste y faro de una literatura descalza -"llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala"- que, sin embargo, encierra un pensamiento hondísimo de mirada ausente y gesto escéptico no exento de ternura que únicamente el desaparecido Juan Luis Galiardo, que antaño preñaba a las mujeres con sólo mirarlas, podía encarnar con honestidad y señorío en la gran pantalla. 

4 comentarios:

Fernando Solera dijo...

Reconozco que no he leído el Quijote. Cada vez que entro en tu blog me entra cargo de conciencia al constatar las joyas que todavía no he paladeado. En fin, tendré que ponerme a ello y enmendarme. Por cierto, bonito homenaje a Juan Luis Galiardo.

Domingo dijo...

Fernando Solera: No hay lecturas tardías, hay lecturas, así que aún estás a tiempo de acercarte a la inmortal obra cervantina. Dichoso tú que todavía puedes leer "El Quijote" por primera vez.

Marinel dijo...

Leí el Quijote en el instituto-por obligación-y resultó que a medida que lo leía, me enganchaba.
Lo terminé sintiendo como el tiempo traspasaba las hojas y las letras de D. Miguel,llegando intacto hasta mi actualidad de entonces.
Vamos,que me gustó un montón.
Y pobre Juan Luis Galiardo,¿verdad?
Besos.

Domingo dijo...

Marinel: Lástima que a Galiardo le haya pasado lo que a todos los grandes, que sólo se les reconoce el talento y la valía después de muertos, algo muy español, muy nuestro.

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