21 de junio de 2012

JARHEAD

Que yo recuerde no es la primera vez que Hollywood se asoma a la llamada Guerra del Golfo, pero sí la primera en que lo hace de manera tan sombría. Si bien otras películas asumen un tono decididamente cínico y apuestan por los ramalazos de comicidad y violencia, Jarhead se decanta por la espesura dramática. Dirigida por Sam Mendes y estrenada hace seis años, cuando las tropas americanas se hallaban empantanadas en la continuación de la Primera Guerra del Golfo, Jarhead reproduce la ratonera de la que el ejército estadounidense volverá trasquilado después de promover una invasión que, amén de resultar esteril, dejó las cosas peor de lo que estaban. El espectador, aunque sabe que está viendo una película basada en un conflicto pretérito (1990-1991), no puede sustraerse a la tentación de probar una lectura contemporánea.

Ociosos... ¡y armados!
En honor a la verdad, hemos de resaltar que Mendes evita pronunciarse sobre la pertinencia política de aquella guerra, y mucho menos sobre la más dudosa pertinencia de la actual. El cineasta que en American Beauty cincelara una radiografía feroz de las plurales gangrenas que corrompen la sociedad americana ha preferido ceñirse aquí a la peripecia física e interior de un puñado de marines que, tras una dura instrucción, son movilizados a Arabia Saudí. La película, inspirada en el testimonio de Anthony Swofford, un soldado interpretado por Jake Gyllenhaal, se inicia y clausura con una reflexión sobre la huella indeleble y devastadora que el paso por la milicia deja en un hombre. Para ilustrar esa huella, Mendes no nos ahorra algunos episodios ya visitados hasta la náusea en otras películas: así, por ejemplo, el sargento chusquero y vociferante que aparece en las primeras secuencias parece directamente importado de La chaqueta metálica de Stanley Kubrick; también las novatadas sufridas por el protagonista, el clima de embrutecimiento rampante que se respira en los barracones y la dureza desalmada que rige la instrucción de los marines han sido sobradamente divulgados por el cine. Pero más interesante que ese estado de burricie orgullosa de sí misma o que a los marines se les ponga dura cuando arrasan poblaciones enteras con napalm, son las tribulaciones amatorias de los soldados, obsesionados por la posibilidad de que sus novias y esposas les sean infieles.

Paisaje bélico
Cuando los marines son destinados a Arabia Saudí, donde esperarán durante meses la orden de ataque, Jarhead gana en originalidad, también en hondura. El desierto se convierte en una metáfora de la zozobra metafísica que se apodera del combatiente cuando su enemigo se torna invisible, cuando su misión consiste en acechar la nada. A la postre, los personajes de Jarhead asumen su condición de meros peones en un conflicto que se libra por intereses que no alcanzan a comprender. Ese estupor incrédulo y horrorizado de los marines que no llegan a disparar un solo tiro ante los despliegues mortíferos de la fuerza aérea (espeluznante la visión de una caravana de coches achicharrada por la aviación yanqui) es también, en cierto modo, el estupor del espectador, que empieza a comprender que una guerra es muchas guerras pero sobre todo son dos: la que sale en los periódicos y la que viven los soldados que pelean, que caen heridos y que mueren. La primera, la guerra periodística, es un cautivador espectáculo de luces verdes que vuelan, llamaradas nocturnas, despegues de aviones y datos optimistas sobre el triunfo de los buenos. Ni huele, ni mancha, ni da asco, ni horroriza a nadie, por mucho que incontables soldados acaben quemados, mutilados, traumatizados o muertos. Y es que la guerra de verdad jamás se filtra a la opinión pública. Jarhead, sin embargo, nos deja cierto regusto de frustración. Pese a su dolorosa honradez y la irreverencia con que la película trata la experiencia sísmica de la guerra, en cuanto se aleja de la clásica imagen de héroes limpios y bien uniformados entregados a la causa para mostrarnos a jóvenes reclutas sudorosos con una creciente e insatisfecha sed de sangre, intuimos que Sam Mendes no ha podido o no ha querido contar todo lo que le pedía el cuerpo y la conciencia.

3 comentarios:

Fernando Solera dijo...

El mayor error que ha cometido Sam Mendes ha sido dejar escapar a su mujer. Ningún desliz cinematográfico será equiparable a su separación de Kate Winslet, ay. Dios da guirlache a quien no tiene piños.

Kashtanka dijo...

Domingo, me suena muchísimo haberla visto y creo que me gustó bastante, pero creo recordar ese regusto de frustación.
Besetes.

Domingo dijo...

Fernando Solera: A mí también me pone melosón el físico "rubeniano" de la Winslet, así que no eres el único que se la comería con patatas y guarnición. :)_

Kashtanka: Es muy posible que la hayas visto y se te confunda en la memoria con muchas otras de temática similar. Y es que resulta difícil sobresalir en según qué géneros de tan trillados como están.

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