Los investigadores privados Sam Spade (Humphrey Bogart) y Miles Archer (Jerome Cowan) reciben la visita de una enigmática mujer que les encarga que sigan a un hombre del que afirma que ha seducido y utilizado a su hermana. En el curso de la investigación, Archer es asesinado, al igual que el hombre al que buscaba. Spade decide entonces vengar a su socio y aclarar el misterio mientras vive un apasionado romance con la mujer, la cual pertenece a una banda criminal que busca un halcón cubierto de joyas que perteneció a los caballeros de la orden de Malta.
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| La fría mirada bogartiana |
El halcón maltés, basada en la novela homónima de Samuel Dashiell Hammett, es la historia de un engaño permanente, de una carrera de obstáculos trufada de zancadillas y de un mundo competitivo en el que reina la amoralidad y donde los sentimientos son menos útiles que la eficacia. El premio para el ganador consiste en una estatuilla milenaria de incalculable valor, "hecha con el material con el que se forjan los sueños". En este universo de villanos codiciosos, las lealtades no existen o tienen un precio, el amor es bronco, desconfiado y oportunista; la ética, un concepto obsoleto; el lenguaje y la finta dialéctica, un instrumento mortífero de defensa y ataque; el humor, cruel; y la justicia, un espejismo. Es la atmósfera adecuada para que se imponga Sam Spade, el profesional irreductible, el fajador con paciencia, el que más se respeta a sí mismo, aunque deba pagar un precio muy alto por ello, el más escéptico, el embaucador más encantador. Bogart vuelve a ser el hombre duro y el esforzado perdedor al que la derrota no arrebata una pizca a la honradez de sus actos ni a la generosidad de su causa, amarga réplica al embriagador sueño americano.
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| Film noir |
Hay momentos en esta película en los que el argumento se pierde o es complicado de seguir. Da igual. Lo compensa con un ritmo vertiginoso, con hipnóticas interpretaciones, con giros deslumbrantes, con la sensación de lo imprevisible, con no saber nunca qué va a ocurrir en el plano siguiente. Humphrey Bogart, secundado por la turbiedad magnética de un extraordinario Peter Lorre, ofrece un recital de sarcasmo exhibicionista, de locuacidad maligna, de dureza, de cínico romanticismo, de chulería y de mala leche. Hasta encender un cigarrillo, un acto intranscendente, es en él de una intensidad dramática tan acusada y plástica que no queda más remedio que rendirse a sus pies y sucumbir a su mirada, esa que siempre parece retarte: "Vamos a ver quién aguanta más, quién lleva la escalera de color, gilipollas".


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2 comentarios:
Pues algo de eso me debió de ocurrir a mí, que me perdí en mitad de la película y eso hizo que no me pareciera tan magistral como aseguran muchos sesudos críticos.
Fernando Solera: Precisamente es su imperfección lo que hace grande esta película. De sus deficiencias extrae toda su genialidad.
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