Arturo Ortega, un púgil retirado que una vez rozó la gloria, se dedica a cuidar de sus tres hijos, los tres destinados a ser boxeadores. Sonny es el más decidido y Jimmy el más retraído, pero Johnny, el pequeño, es el que muestra más genio y garra para la profesión. Poco a poco, el patriarca se da cuenta de que no puede controlar la personalidad de sus hijos. Sonny quiere casarse y Jimmy es más ambicioso de lo que debería. El mundo del boxeo, con su caudal de corrupción y de vida disipada, pasará factura a los tres hermanos, y todo desembocará en un callejón sin salida de trágicas consecuencias.
![]() |
| Concentración |
Las abrumadoras jornadas de entrenamiento, el acolchado universo de los gimnasios y los golpes resonando como campanas repicando a pocos centímetros de las orejas, la disciplina espartana, la lucha contra la báscula, la multitud aulladora, hacen de El precio de la gloria una fabulación salpicada de realidad, una realidad suicida que combate al destino con un ritmo trepidante.
![]() |
| La oportunidad perdida |
Los hermanos Ortega se verán arrastrados ante un público que prefiere las peleas callejeras, las reyertas, las cejas y los labios partidos, los dientes escupidos, a las reglas que hacen del boxeo un arte. Colosos embadurnados de sangre inocente que se lancen el uno contra el otro, hombres que se hundan en un magma de fatiga y desorden. El precio de la gloria quiere ser una exaltación de los valores que representan tantos y tantos jóvenes que, sacrificándolo todo, pretenden llegar a la cúspide. Porque, ciertamente, sólo lo excepcional cuenta. Lo demás es sólo morralla, puñetazos muertos y sangre inútil bajo la cruel ducha de luz blanca de los focos. Los laberintos de la vida, sus claroscuros y fulgores, la épica de las dieciséis cuerdas, se mezclan en una historia traspasada de violencia y sordidez, pero también de un lirismo desesperado donde las promesas rotas se guardan tras una insobornable ética de barrio. Con El precio de la gloria, el director Carlos Ávila nos ofrece un grandioso fresco de la derrota y de su reverso, el fracaso; una narración fluida e implacable que sorprende a cada minuto por su fuerza, vigor poético e inteligencia, así como por ese esbozo de la nostalgia de lo que nunca se tuvo que encarnan de forma indeleble los hermanos Ortega, hombres duros y honestos, a la vez tiernos y salvajes, que sólo en la enigmática danza del pugilismo cifran el ensueño de ese mundo armónico que jamás alcanzarán.



2 comentarios:
Te voy a sorprender: no la he visto. Ni ganas. Ya sabes, el boxeo y yo estamos bastante alejados. Eso no quita para que la crítica me haya parecido tan buena como suele ser habitual en ti.
Fernando Solera: Cómo te resistes, condenao. No hay manera de llevarte al huerto. :P
Publicar un comentario